Aikido femenino en Zaragoza

Por Cristina Otal

Hace ocho años que practico Aikido y en cada clase o entrenamiento descubro siempre aspectos o matices de inmediato valor para mi vida cotidiana fuera del dojo, que me agradaría poder expresar en unas pocas líneas.

Ante todo, el aikido hay que sentirlo, experimentarlo, vivirlo, practicarlo, se puede hablar de él, pero la mejor experiencia es el entrenamiento, siendo conscientes de que esta práctica también contribuye a la perfección del ser y a la paz interior. El conocimiento de este arte hace que sigamos sintiéndonos un poco más libres en este mundo complejo del siglo XXI.

Nos invita y enseña a estar alerta en todo lo que hacemos para descubrir las verdaderas intenciones de aquellas personas con las que nos relacionamos cada día y facilitar la armonía con ellas. Esta actitud desarrolla la concentración, favorece la observación del medio y permite reaccionar ante situaciones de conflicto o de riesgo siempre del modo mas conveniente y menos problemático.

El aikidoka intenta expresar los valores del espíritu y acepta la tarea que supone el esfuerzo constante de mejora personal. Si estamos en armonía con nosotras mismas, con nuestro entorno eso también lo reflejamos.

La constancia en el entrenamiento es una recompensa para nuestro espíritu y nuestro ser que desea seguir luchando con corazón y armonizándose, siendo conscientes de que la fuerza reside en nosotros.

Desde mi punto de vista, el aikido es un arte marcial apto para cualquier edad y persona puesto que no requiere el uso de la fuerza. La aikidoka toma la energía del uke (atacante) y la utiliza en su contra hasta su neutralización… (artículo entero en la revista).

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